La noche había caído. Yo había soltado las herramientas y ya no
importaban nada el martillo, el perno, la sed y la muerte. ¡Había en una
estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar! Lo
tomé en mis brazos y lo mecí diciéndole: "la flor que tú quieres no corre
peligro… te dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para la
flor…te…". No sabía qué decirle, cómo consolarle y hacer que tuviera
nuevamente confianza en mí; me sentía torpe. ¡Es tan misterioso el país de
las lágrimas!
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